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Marie Duplesis de Julis Janin

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Marie Duplesis de Julis Janin.

Habíamos traspasado la abertura de la puerta que aísla esta tranquilidad del mundo existente. Solitario, encogiendo las horas, su rostro blanco y lívido fue atrapándome y aislándome con su pasar numeral entre mis manos de cuanto me rodeaba ahora y el frescor, el jovial legado, refrescaba  mis ojos con la envolvente niebla que se apoderaba del relato haciéndome participe en este paseo misterioso, de la más dulce historia de amor iniciada entre los panteones y acompañado por las figuras marmóreas del Cimetière de Montmartre que inmóviles nos vigilaban.

Soy un envidioso; enamoradizo celoso de no volver a ver su cuerpo femenino en su mejor momento; orgullosa, independiente y honesta, descendiendo de tu calesa en los Campos Eliseos, recogiendo tu vestido, mostrando tus encantos de mujer alegre y arrogante, engalanada con tus joyas, imaginando tu angelical rostro, suscitando en mi interior el penoso deseo de no haber podido contemplar con mis verdaderos ojos tus encantos y no ser yo, en la verdad, quien en tu adiós, arrodillarme al lado de tu lecho y besando tu frente para que no te sintieses sola en el último de tus momentos, recorrer mi rostro con una lágrima rogando para ti el perdón devino, cerrando tus ojos de ensueño con mis manos temblorosas. Y es que he de contaros que en la plenitud de su belleza,  cuando estaba en boca de las envidias, al final del dedo acusador, en los sueños de los rentistas, cortejada por adinerados amantes, por aquellos que pagando mantenían su persona de comedias, bailes, cenas y escándalos, ninguno, pudo apreciar, ni ver, siempre pobres banales ciegos, que bajo el lujurioso cuerpo de meretriz,  escondida bajo joyas y vestidos, se escondía un ángel perfecto que no había conocido el amor, y sabiendo ella que terminaba su resplandeciente destello, quiso dar amor sin precio y  salvar a un perdido por los rayos de su lascivia.

Ella con su sinceridad de mujer despechada,  por encima de sus pecados, por encima de las maldades de su promiscua vida, fue una buena mujer, un ángel, que ofrecía a cambio de su sufrimiento y el descuido de su salud, el respeto al apellido de su verdadero amor y así, con la limpieza de su acto ha conseguido el aura de la inmortalidad.

Yo también te quiero Marie, miles de hombres te desearan y hablaran de tu amor, dándote en sus sueños rostro y cuerpo a tu inmortal nombre, siempre a ti, a mi amor literario, Margeritte… la dama de las Camelias.

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