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Cada peldaño.

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Cada peldaño

Alice siempre había vivido en las penumbras de aquel sótano acondicionado para protegerse de un mundo que, según sus padres, era peligroso para ella. Separada forzosamente del exterior, en una cárcel de cristal transparente  y con ladrillos acogedores, Alice conocía cada rincón, cada peldaño de aquella escalera que bajaba hasta su habitación en el sótano, igual que vosotros conocéis la vuestra con la luz apagada. ¡Su habitación subterránea era su refugio personal para apartarse del mundo!

Con nueve años no había conocido más amigos y familiares que sus padres y su profesor particular; y en aquella oscuridad, en una casa grande con sus cortinas tupidas protegiendo su cuerpo, sabía que estaba rodeada de aromáticas flores, verdes jardines, adoquinados caminos y frondosos árboles, regalando sombra a las elevadas tapias que formaban aquel obligado destierro.

 Detrás de las cortinas, desde las ventanas del piso superior, Alice contemplaba aquel jardín prohibido donde los pájaros cantaban desde las ramas de los árboles, y dos gatos, siempre esquivos, holgazanes y con pelaje puntiagudo, disfrutaban de los rayos del sol que para ella eran  cuchillos afilados clavándose en su piel. En el interior de aquella casa, entre las numerosas comodidades y caprichos, el verano o el invierno eran simples pasos rítmicos que daba un mundo al que ella no pertenecía; ¿mala suerte?...  puede ser.

Había nacido con la fortaleza y la alegría común de los niños y niñas de la clínica donde llegó su madre para esperar a su deseado bebe. Una niña más: sus lágrimas y sus risas, sus peluches, sus primeros pasos, sus primeras palabras, el primer día de guardería... Y un día la enfermedad debilitó su cuerpo haciéndose su compañera inseparable, regalándola un aspecto mustio y cadavérico, obligando a sus padres a crear un lugar de sombras separado del resto de los mortales. Cuándo cumplió sus cinco añitos la luz del sol regaló heridas rojas en su carita blanca de princesa de nieve, florecieron grietas en sus manos delgaditas, y en sus brazos largos y esqueléticos, los moretones rayados venían o la abandonaban a su antojo, produciendo llagas y heridas en aquel cuerpo frágil y delgado.

Todo para ella fue a partir de aquel año: penumbra, oscuridad y retiro.

En aquella continua oscuridad, en mitad de su sueño escuchó dos golpes secos y se despertó; inició su salida de la habitación sintiendo las frías baldosas en sus pies descalzos; cada peldaño que conducía hasta el salón hacía que su camisón se recogiera en sus rodillas, y en la oscuridad, ya en el salón, escuchó los pasos fuertes y precipitados que llegaban desde la habitación de sus padres.

En la oscuridad subió los primeros peldaños hacia el piso superior. Luces juguetonas cortaban las paredes negras de la escalera y se reflejaban en los cristales oscuros por las persianas bajadas. Los golpes secos de los cajones al cerrarse contra su prisión querían que fuera el ritmo con el qué subió cada peldaño, y antes de llegar a la puerta abierta de la habitación, un olor salado inundó su cuerpo y produjo una convulsión vigorosa en sus músculos, acompañada por un fuerte dolor en su boca.

No hizo ruido al alcanzar la puerta abierta, miró los cuerpos de sus padres inertes sobre la cama, el color oscuro de las sábanas y de nuevo, aquel olor salado de la habitación golpeó sus sentidos, llenando su cuerpo de fuerza y de rabia. No realizó ruido alguno. Con sus manos aprisionó la cabeza del hombre que se encontraba de espaldas y arrodillado inspeccionando los cajones de la cómoda; el crujido de las vértebras de aquel adulto cuello al partirse, fue acompañado por el golpe de su linterna al golpear contra el suelo. Dos pasos, dos movimientos impensables y el hombre que empuñaba la pistola giró para apuntar con su linterna a Alice, y su rugido de asombro se convirtió en un lamento ahogado, cuando la delgada mano de Alice, atenazando su garganta, clavó cada uno de sus dedos en el blanco y cálido cuello produciendo múltiples desgarros mortales. El hombre inclinó su cabeza igual que un muñeco de paja, la sangre olorosa y cálida fue liberada por su nariz y su boca, para caer aquel hombre fuerte y pesado en el suelo igual que un trozo húmedo de barro. La linterna rodó para acompañar a la otra linterna inerte que descansaba en el suelo; las dos luces amarillentas cruzaron con su luz la habitación, clavándose en los plateados espejos del armario y estando aún de pies Alice, sintiendo el calor húmedo de las baldosas rojas  en sus pies, sintiendo el camisón mojado que se pegaba a sus piernas, comprobó que ella, no estaba reflejada en los espejos del inmenso armario del dormitorio.

Temblando dejó caer su cuerpo sobre el cuerpo de sus padres. Llorando, viendo con su mirada sobrenatural aquel lametable espectáculo, guardó en su boca los dos colmillos de vampiro y abandonó en la noche aquel refugio, la casa cómoda y fraternal creada por sus padres, sabiendo que ahora toda su existencia  sería negra, oscura, secreta, solitaria y diferente. 

Una niña de nueve años con un camisón blanco perdiéndose en la noche.

 

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Comentarios Cada peldaño.

Wow, simplemente impresionante, ya iba a empezar a llorar por la niña pensando que era arlequin, que es una enfermedad de la piel, o que era alérgica al sol, porque los hay, pero vampiro????, nunca me lo imagine, ah también creí que se trataba de Alicia en el paris de las maravillas, pero sé que  no lo es...es algo mejor, me encantó como describiste cada paso de la chiquilla, tienes una forma exquisita de describir cada movimiento físico e indudablemente de transmitir las sensaciones que reciben los personajes, yo me sentí en realidad como que lo veía en tercera persona, aunque sé que sería terrible presenciarlo.
Saludos
mariau illescas 
Gracias por tu comentario  Mariau, es un placer saludarte y desear lo mejor para Ti y los tuyos. Gracias.
jjdanwcer jjdanwcer 14/03/2011 a las 10:43

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