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Desde la barandilla del Puente Mayor

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Puente Mayor de Valladolid 

 Desde la barandilla del Puente Mayor

Hace algunos días que, visitando la villa de Valladolid y empeñándome en reconocer esta agradable ciudad: gentes, costumbres, palacios, monasterios, museos e historias, recordé una leyenda de fantasía igual que una Perla de harina en las manos del Marques de la Ensenada. Este es el nombre del coqueto y agradable hotel donde me alojé y que se encuentra —una agradable sorpresa— cerca de un cruce de aguas, en un placentero Tlalocan (paraíso náhuatl  necesario para la vida);  no al lado o cerca de un canal castellano, ¡no!... bañándose literal en el agua del Canal de Castilla, pues antes de ser hotel fue harinera con el nombre de Perla.

Consecuente con mis manías, que son muchas, tengo por afición cenar igual que un pobre y entablar conversación para conocer el ánimo y las leyendas del lugar donde visito; y fue durante el postre cuando me relataron un paisaje romántico que en mi intento de volver a visitar, me obligó a pasear durante dos horas por la vereda izquierda y poco iluminada del río Pisuerga.

¡Qué armonía y qué paz caminando por aquellos caminos y arboledas! Qué tranquilidad cuando regresando hacia el hotel, realicé una parada en el puente para contemplar desde su barandilla el salto virulento del agua sobre la pesquera.

En el Puente Mayor, dándome el aire frío en el rostro, apoyado mi cuerpo en la barandilla igual que un presunto homicida nocturno, mirando la mole acristalada que tiene por nombre el de Francisco de Sandoval y Rojas (Duque de Lerma), contemplando la arboleda chopera, la playa de arena sitiada por los muros rotulados y las cabriolas del agua al saltar la cascajera, llegaron igual que susurros en aquella corriente de sonidos, las añoradas enseñanzas y las tradicionales leyendas, cuando siendo niño y de la mano de mi abuela recorría las calles de Valladolid:

El agua de un río —decía mi abuela Pilar—, es igual que las almas de las personas: unas negras y profundas, otras cristalinas y saludables, algunas turbias pero con buen aroma, y otras... tramposas, falsas, remolinas y profundas en las cuáles, no sientes su engaño hasta que tu cuerpo se sumerge en ellas. Por esta razón, para elegir en que agua has de mojarte sirven los puentes de luna, los puentes de piedra, puentes férreos colgantes o levadizos, y puentes de plata; puentes para que la buena gente, la que gusta de amistades, pueda saltar por encima de los soñadores que siempre son peligrosos portando antorchas revolucionarias, sin dar cuenta a sus sentidos que están ahogando su corta vida en su propia agua.

Pero siempre han existido soñadores y siempre hay puentes de amistad para que puedas desde su altura ver de qué color es el agua de sus corazones, librándote de los que acosan y censuran usando la fuerza; puentes para no ser salpicado con los mil credos de los mentirosos que, recordando el refranero castellano, siempre han sido y serán capaces de enfrentar en armas a un fraternal pueblo.

Querido nieto... si vuelves a la ciudad donde nací, no dejes de visitar el Puente Mayor sobre el río Pisuerga, pues dicen los poetas que aumenta el ingenio de los que visitan sus riberas...

Érase una vez y de esto hace muchos años, tuvo el río Pisuerga dos afluentes del mismo hijo en su mano izquierda: el del Espolón y el de Tenerías. Desviados y robados al río Esgueva para satisfacer los dineros de los pudientes vallisoletanos. Y hace muchos años, en una noche de verano antes del año 1606, diez gatos negros en la cascajera del río Pisuerga jugaban con una bolita de lana, diez guerreros bajo la chopera de la ribera dormían su siesta, y diez damas sexagenarias y noctámbulas, rondaban la casa del vecino molinero, cuando peinaba sus cabellos a la luz de la luna la reina de los amplios territorios de España.

Peinaba sus cabellos la rubia Margarita, princesa de la casa de Austria, donde en su balcón de recreo el sol siempre nacía y la noche no avanzaba, y tanta y tanta dulzura desde las Moreras de chopos al palacio de las Huertas Reales llegaba que, embelesada la reina, cayó su  peine de plata al río que no tiene fama pero carga la lana, y os aseguro que es bastante... bastante traicionero.

En la calidez de la noche de verano, regalando la luna perlada sus reflejos a la plata del peine estaba y éste, tanto y con tal perlado resplandor en el fondo del río brillaba que siendo visto por los adinerados cortesanos, desde los palaciegos balcones asomados al río, padecían estos gentiles caballeros la afrenta del río a las armas, a las arcas y a la real corona; pues también era visto por la guardia castellana desde las garitas militares de las Huertas del Rey, garitas y almenas de guardia que al río revoltoso con sus armas alzadas amenazaban.

La corriente del río Pisuerga siendo burlona y a veces justa, forma y manera de moza altanera, juguetona en remolinar y alegre en su paso de mujer coqueta, disfrutaba de esta chanza pues, pasando su corriente entre las púas del peine, el río Pisuerga entre cosquillas con la luz plateada jugaba, mofándose con su musical susurro lamiendo las piedras de las murallas, y pareciendo que a la reina poderosa y orgullosa cantaba:

-     Mírame... mírame con tus ojos reina de España; mira que tengo nobleza que con tu peine de reina... aliso los pasos revoltosos del agua que en mi cara caracolea. Tú...agua, agua... reina de hombres y mujeres, si hoy tú eres la reina de estas tierras llanas y sedientas...  yo soy el nombre qué siempre las sacia. Si tú eres... por gracia del Altísimo, agua, agua... hija de la casa de Austria, yo soy hijo de tempestad y deleite soleado de la nieve del norte, que se derrite hasta mis brazos y siendo a veces tu esclavo, cargo en mis bajos fangos tierras de montes y de buen trigo, que siempre han servido para tus acampanadas espadañas ¡Cuánto me habéis quitado castellanos empeñados en estrechar mi cara!

Y ante esta soberbia del río e intentando complacer a su reina, en la noche calurosa, en el rumor de la cascajera bajo un bello cielo de estrellas, seis señores de boca y seis señores de la reina, se lanzaron los mejores capitanes de Castilla a las aguas del Pisuerga, por poder recoger la preciada joya con la que la reina se engalanaba.

 Os decía qué diez gatos negros jugaban en la cascajera con una bolita de lana... negra. Mala noche,  mala suerte y traicionero enemigo es este río al que yo bien conozco. Tiene el río Pisuerga cara y entrañas, tiene brazos para coger tierra, tiene piernas para recorrer nuevos caminos y tiene recuerdos que ya acampan en la memoria de esta ciudad... no tan llana cómo dicen los poetas, y es verdad que, muchas veces y sólo a veces, afrentada por la forma seria y seca de sus gentes que se niegan al presidio en una poza rodeada de montes.  

Afanosos los pucelanos en usar sus orillas, desmantelar palacios y derribar murallas a golpe de piqueta, robaron al río los brazos del Esgueva que a la ciudad inundaba, y por esta ofensa, es gustoso este pilluelo en invierno y bien pasada la primavera de esconderse entre blancas sábanas, negando así a los pucelanos ver el sol reflejarse con sus rayos en su lámina, y le encanta estar solo, jugar con la piernas de piedra y hormigón que golpea, remover arenas antiguas, arrancar ramas políticas, saltar muros de discordia y hundir barcas de leyenda.

 Si por él fuera... ay si por él fuera y lo dejaran, no daría su cauce tregua ni descanso a los vallisoletanos, pues tanto reclama sus faltas con él que, todos los días abrazaría a las rosas de su ribera por desquitarse la añoranza del viejo alcazareño derribado. Si por él fuera y por tanto como quiere a sus vecinos, con sus aguas revueltas besaría por primavera las Tenerías, mojando los pies de los que viven en sus torres, para recordar que fueron sin su permiso desmantelados el Espolón de recreo con sus paseos, las antiguas murallas por él bañadas y las puertas altaneras del Puente Mayor, los verdaderos guardianes de la corte castellana, cobradores del impuesto de peaje y la primera referencia de la principal ciudadela.

¡Cómo abraza este río a sus vecinos! En aquella noche veraniega, todos: rey, reina, alfiles, señoras, peones, almenas y piedras, fueron testigos de que allí, en las aguas revueltas del río Pisuerga la vida y los cuerpos de los doce alfiles castellanos quedaron... y si pobre quedó Castilla por perder hijos tan buenos, también tristeza abrazó a la reina y a sus doce damas desconsoladas, pues todos en la ciudad amurallada la culpa echaron por este trabado de capricho nocturno a la joven reina de España.

El Duque de Lerma, natural de Tordesillas y valido del rey quiso que fuera perdonado el río por su falta pero... intentando demostrar el rey Felipe III, conocido como el Piadoso quién mandaba en su tierras, decidió cambiar de lugares, aires y aguas, derribando el Palacio de las Huertas, dejando sólo piedras y oscuros huecos tomados por el agua, para quedarse triste el río sin el fino capricho de poder ver cada mañana, los bellos balcones del palacio reflejados en su cara.

 Junto al palacio de las Huertas fue también perdida la leyenda de los llantos de la reina, pues cuentan viejos libros pucelanos que el agua del río Pisuerga, pasando ya el puente Mayor y al saltar la pequeña presa para la molienda y abastecimiento del palacio, caracoleando por las aspas de los viejos molinos de los que nada queda, siempre parecía que cantaba las alabanzas a los perdidos en esta triste hazaña. Cuenta también la leyenda que lloraba la reina de Castilla, lloraba y nadie la consolaba por perder a sus bravos capitanes en tal penosa hazaña, porque desde las puertas de Tudela, desde las capillas de los Montes de Torozos, San Benito, San Martín y San Pablo con tañí sonido replicando, recordaban a la joven reina el llanto de sus damas enamoradas que tanta y tanta pena tenían; y tal era la mirada acusadora de los castellanos antiguos hacia su joven reina, que el rey, cambió la Corte y abandonó Castilla, dejando con mucha tristeza: buenas tierras, buenas gentes, monasterios y palacios abandonados.

Es absurdo no comprender la moraleja de esta leyenda: el río sigue aquí y es parte y vecino de nuestras vidas e historia. Y nuestras vidas, igual que sus aguas, han de ser cuidadas, limpias y amigables con remolinos y remansos, y deben seguir su camino hasta el final pero... Velay con vuestros ojos si algún día en primavera aquí llegáis que, desde la barandilla del puente que puertas ni alcázar a la villa ya guardan, cuando el Pisuerga está salvaje y crecido, se escucha el lamento del río que a la antigua Corte baña; y este canto también se escucha en las placidas noches de verano, si es qué vosotros queréis oír su lamento desde la caprichosa playa en las noches cálidas y de calma:

— ¡Pucelanos! No tengo mayor orgullo que ser vuestro río y a veces, qué mal por vosotros ilustres ciudadanos soy tratado. Por cientos de años vuestra puerta y defensa como río yo he sido; por mi trazada y sobre mi cara con el puente de puertas y levadizos, vosotros avaros comerciantes y pagadores de jornales, príncipes y mendigos, buenos oros habéis ganado. Recordad los forasteros que buena historia de correrías, ilustrados y libertadores yo he tenido, que por batallar en mis orillas franceses e ingleses dos ojos a mi único puente volaron, y mis aguas de trabajo, al nacimiento del más famoso Hidalgo literario asistieron ¡Qué empeño el vuestro pucelanos! ¡Qué empeño en amurallar mi camino! Construir y construir más pasos elevados que a mí lo mismo me ha de dar... ¡Os quiero ciudad castellana!  Os quiero y así más temer mi riada, pues doce capitanes castellanos tengo, doce alfiles me guardan que cuando me propongo batalla y recojo las aguas de mi cuenca llana, inundo tierras de labranza y despojo de tan buen vino y de tan buen pan a la que fue, la antigua capital de España

Con todo mi cariño a la ciudad de Valladolid y a mis lectores.

Volved el presuroso pensamiento
a las riberas de Pisuerga bellas:
veréis que augmentan este rico cuento
claros ingenios con quien se honran ellas.
Ellas no sólo, sino el firmamento, 685
do lucen las claríficas estrellas,
honrarse puede bien cuando consigo
tenga allá los varones que aquí digo

La Galatea; VI libro; Miguel de Cervantes.

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Comentarios Desde la barandilla del Puente Mayor

Adoré el último fragmento. ¡Qué envidia! Qué hermosos paisajes, probablmente compartamos ése amor por lo nuevo, por la cultura y la gente.
Saludos
Mariau Illescas 
Adoré el último fragmento. ¡Qué envidia! Qué hermosos paisajes, probablmente compartamos ése amor por lo nuevo, por la cultura y la gente.
Saludos
Mariau Illescas 
Saludos Mariau.

Gracias por tu comentario y recibe un abrazo.
jjdanwcer jjdanwcer 20/02/2011 a las 10:08
Eres único.  Me encanta cómo has relatado la leyenda y cómo la has introducido. La galantea, hummm. Clásicos, clásicos de mi alma.
Un abrazo.

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